Educación

Barranquilla y el regreso al aula de adolescentes venezolanos

Los círculos de aprendizaje en Barranquilla muestran por qué regresar a clase exige más que conseguir un cupo.

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ElVainero
15 de septiembre de 20263 min de lectura0 visitasCO

Una adolescente que interrumpió dos años de escuela no recupera esos años por el simple hecho de sentarse en un pupitre. Debe volver a entender horarios, evaluaciones, amistades y, a menudo, contenidos que otros compañeros cursaron mientras ella estaba en tránsito. Barranquilla ha ensayado respuestas para ese hueco. La cuestión merece atención porque las trayectorias educativas migrantes rara vez siguen el calendario limpio que imaginan los formularios.

El puente antes del salón regular

UNICEF contó la historia de una joven venezolana que participó en los Círculos de Aprendizaje de Barranquilla, una iniciativa flexible para estudiantes fuera del sistema formal. El programa reunió a varias organizaciones y a la Secretaría de Educación para facilitar el regreso a los estudios. La historia publicada por UNICEF Colombia muestra una trayectoria concreta. No permite afirmar que todos los adolescentes vivan lo mismo, pero sí ayuda a entender para qué sirve una transición acompañada.

Volver a clase tiene una dimensión académica y otra social. Puede haber vergüenza por ser mayor que algunos compañeros, temor a contestar mal, dificultad para costear transporte o la presión de aportar dinero a casa. Ninguna se arregla con la orden de «ponerse al día». Un programa puente puede identificar qué sabe el estudiante, qué necesita reforzar y qué institución puede recibirlo. Después viene la parte lenta: sostener la asistencia cuando la vida familiar sigue moviéndose.

Barranquilla también escucha un acento vecino

En la costa colombiana existen familiaridades de comida, clima y habla que pueden facilitar una conversación inicial con venezolanos del Caribe. Pero parecido no significa ausencia de rechazo. Una broma sobre el acento o la nacionalidad puede volver hostil un recreo. Los docentes necesitan herramientas para intervenir sin convertir al adolescente migrante en portavoz de Venezuela. A veces la mejor pregunta es sencilla: ¿entendiste esta consigna?, ¿con quién haces el trabajo?, ¿necesitas hablar a solas?

Las familias enfrentan otra tensión. Quieren que sus hijos estudien y, al mismo tiempo, quizá dependen de que ayuden a cuidar hermanos o a trabajar. Conviene tratar ese conflicto sin culpas fáciles. Una escuela que explica horarios, apoyos disponibles y mecanismos de seguimiento ayuda más que una regañina. También sirve una persona de contacto clara; perderse entre ventanillas puede desanimar a quien recién aprende cómo funciona el sistema.

El título es un comienzo

Un certificado de grado importa. Abre opciones para seguir estudiando y da forma visible a años de esfuerzo. Pero el regreso al aula también consiste en recuperar confianza para preguntar, equivocarse y hacer amigos sin pedir permiso por estar allí. Quienes trabajan con adolescentes pueden mirar la asistencia, sí, y preguntar además si se sienten seguros, si entienden qué harán el año siguiente y si tienen una voz en su escuela.

La escena final no tiene que ser una graduación solemne. Puede ser un cuaderno abierto en una mesa de Barranquilla, con una tarea que esta vez sí alcanzó a terminarse antes de ir a casa.

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