La imagen del Auyantepui y el salto de agua sirve para reconocer Canaima en segundos. También puede ocultar el resto. El parque reúne sabanas, bosques, morichales, ríos y comunidades que han vivido y trabajado en ese territorio. Una conversación sobre conservación que solo describa una vista espectacular llega tarde y se queda corta.
La escala del parque
La UNESCO registra Canaima como Patrimonio Mundial desde 1994 y señala una extensión de tres millones de hectáreas. Cerca de dos tercios del área se relacionan con formaciones de tepuy. Ese dato describe su geografía, pero no agota su diversidad. En un informe de gestión presentado a UNESCO se enumeran sabanas, bosques, matorrales, morichales y tepuyes entre los paisajes cuya estructura se busca preservar.
Los morichales, por ejemplo, no tienen el protagonismo de una pared rocosa. Sin embargo, son espacios de agua y vegetación que organizan hábitats locales. Los bosques conectan sectores y ofrecen cobertura a especies que no viven en la cumbre abierta; por eso un incendio o una tala no afecta solo la fotografía que se toma desde un mirador, sino que modifica esas relaciones.
Lo que preocupa hoy
En una decisión de 2025, el Comité del Patrimonio Mundial expresó preocupación por degradación forestal, deforestación e incendios recurrentes en Canaima. También señaló presiones acumuladas de minería y cambios de uso del suelo. La formulación importa porque describe riesgos actuales, no una condena abstracta ni una declaración de que todo el parque esté perdido.
La misma decisión reconoce esfuerzos de vigilancia y acuerdos con comunidades indígenas. Los pueblos pemón no son un elemento escénico añadido al paisaje: forman parte de su historia y de las decisiones sobre el territorio. Cualquier plan que los trate como espectadores pierde conocimiento y legitimidad. El informe de gestión del parque incluye entre sus objetivos la protección de valores culturales y áreas de asentamiento pemón.
Mirar sin simplificar
Es posible celebrar la belleza de Canaima y preguntar a la vez por fuego, bosques y gobierno del territorio. De hecho, una cosa exige la otra. La cascada atrae la mirada; la salud de los ecosistemas depende de procesos más lentos y menos visibles. La pregunta útil no es si Canaima sigue siendo hermosa. Lo es. La pregunta es qué trabajo permite que continúe viva.
La actualización de 2026
El Comité del Patrimonio Mundial volvió a examinar Canaima en 2026. Reconoció medidas reportadas de vigilancia, control turístico y trabajo conjunto con comunidades indígenas, pero mantuvo su preocupación por incendios recurrentes y pidió una estrategia integral de prevención y manejo del fuego. También insistió en aclarar los impactos potenciales de proyectos mineros cercanos y en realizar una misión de evaluación. No es una noticia de victoria ni de derrota definitiva: es una agenda de tareas verificables.
En un parque tan amplio, el fuego no se entiende con una sola foto de un frente de llamas. Importan la frecuencia, el lugar, la temporada y la capacidad de respuesta. Lo mismo ocurre con el turismo: contar visitantes dice poco si se desconoce por dónde circulan y qué presión ejercen sobre áreas sensibles. Las decisiones del Comité ayudan a formular preguntas concretas para seguir la conservación en los próximos años.