Las noches del 27 y 28 de diciembre tienen otro ritmo en Caucagua, estado Miranda. Allí salen los Bandos y Parrandas de los Santos Inocentes, una festividad callejera sostenida por vecinos, músicos y organizadores. En 2023 la UNESCO incorporó a su Registro de Buenas Prácticas de Salvaguardia un programa para protegerla. El matiz importa: reconoció una manera comunitaria de transmitir la tradición, no una postal congelada de la fiesta.
Cuando la calle enseña
La ficha de la UNESCO describe núcleos de iniciación y transmisión de saberes, junto con consejos comunales. Esa combinación deja ver que preservar una celebración implica más que repetirla cada diciembre. Hace falta que alguien enseñe cómo se preparan los recorridos, qué significan los personajes, cómo se organiza la música y quién toma decisiones. También hace falta que los jóvenes puedan entrar en la práctica sin convertirse en espectadores de algo «de antes».
La calle ofrece una escuela distinta a un salón: una persona aprende mirando a un familiar preparar un atuendo; otra distingue un canto porque lo oyó desde pequeña; alguien más carga un instrumento o ayuda a ordenar el recorrido. Nada de eso suele aparecer en un titular sobre patrimonio. Sin embargo, si esas tareas desaparecen, la fiesta empieza a depender de una presentación ocasional en vez de la vida del pueblo.
Qué reconoció la UNESCO
El Registro de Buenas Prácticas no funciona igual que la Lista Representativa en la que figuran otras expresiones venezolanas. Aquí el foco está en un programa de salvaguardia: una experiencia organizada para que el conocimiento continúe circulando. Confundir ambas categorías lleva a contar mal la noticia. Lo registrado en 2023 fue el trabajo alrededor de los Bandos y Parrandas, con sus espacios de aprendizaje y participación comunitaria.
Esa precisión también permite una pregunta útil para cualquier otra fiesta: ¿quién enseña a la próxima generación? No basta con financiar un escenario si nadie tiene tiempo o medios para compartir el oficio. La visibilidad puede atraer público, pero solo la transmisión paciente entre vecinos, con tiempo para equivocarse y volver a empezar sin espectadores, mantiene la práctica cuando las cámaras ya se fueron.
Visitar sin ocupar el centro
Quien quiera acercarse a Caucagua en esas fechas puede empezar por buscar información de los organizadores locales y seguir sus indicaciones. Las celebraciones tienen recorridos, acuerdos y momentos que no se explican desde fuera en dos líneas. Una visita respetuosa observa y pregunta antes de interrumpir. Comprar a vendedores locales o conversar con participantes puede aportar más que perseguir la foto perfecta.
El calendario marcará de nuevo el 27 y el 28. Entre una edición y otra sucede lo decisivo: ensayar, reparar, enseñar y ponerse de acuerdo. Esa parte silenciosa también merece llamarse patrimonio.
En un país con tantas expresiones festivas, las categorías de la UNESCO pueden resultar enredadas. Una práctica puede ser reconocida por su presencia en una lista; un método de protección puede entrar en el registro de buenas prácticas. En Caucagua ocurrió lo segundo. Esa diferencia merece explicarse porque pone el protagonismo en la organización local que permitió que la fiesta siguiera encontrando participantes.
Fuente: ficha oficial de la UNESCO sobre el programa de Caucagua.