En una ciudad de frontera, la palabra «llegar» no siempre significa quedarse. Cúcuta conoce bien esa diferencia. Hay familias venezolanas que cruzan por trabajo, otras que buscan escuela y otras que intentan instalar una rutina después de una mudanza que nadie planeó con calma. Los niños no suelen contar esa experiencia con cifras. La cuentan mientras dibujan una casa con dos puertas, inventan un juego o discuten quién toma el balón. Allí empieza una conversación distinta sobre pertenencia.
Cuando el barrio también enseña
UNICEF documentó en Cúcuta la iniciativa Kairós, una escuela de arte y juego desarrollada en comunidades como La Fortaleza, La Conquista, Colombia I, Cuberos Niño y El Talento. Su trabajo aborda arraigo, discriminación, derechos de la infancia y cuidado del espacio compartido. Es un proyecto situado, no una receta para cualquier ciudad. UNICEF Colombia explica la experiencia Kairós. El detalle valioso es que participan niños migrantes, colombianos y retornados: la integración deja de ser una actividad dirigida exclusivamente a «los recién llegados».
La diferencia se nota en las preguntas. Un adulto suele preguntar de dónde viene un niño; otro niño quiere saber si juega bien, si le gusta cantar o si puede ayudar a pintar un mural. La procedencia importa, por supuesto, pero no agota a nadie. Un espacio comunitario que permita conocerse haciendo algo juntos cambia el tono de la relación. Ese vínculo necesita tiempo, horarios sostenibles y adultos que no reduzcan cada conversación a un relato doloroso sobre la migración.
Lo que una actividad no resuelve
Un taller no paga el arriendo ni consigue un cupo escolar. Tampoco borra insultos aprendidos en casa o prejuicios que circulan por internet. Sería injusto cargarle todas esas tareas. Sí puede ofrecer una puerta para detectar cuando un niño dejó de asistir, cuando una familia no sabe a quién preguntar o cuando un conflicto entre compañeros necesita mediación. El arte funciona mejor conectado con escuela, vecinos y servicios públicos; aislado, queda como una tarde agradable.
Hay otro cuidado necesario. Pedir a cada niño venezolano que cuente «su historia» delante del grupo puede convertirlo en una exhibición involuntaria. Participar debería incluir el derecho a guardar silencio, dibujar cualquier cosa o hablar de una afición sin que aparezca la frontera. Los niños colombianos tampoco tienen que representar a una comunidad anfitriona ideal. Son compañeros con sus propias vidas y dificultades.
Un lugar que se pueda volver a visitar
Para una familia que acaba de cambiar de barrio, la continuidad vale mucho: saber que el miércoles habrá actividad, que alguien recordará un nombre, que el espacio no desapareció después de la foto institucional. En Cúcuta, una ciudad acostumbrada a la movilidad, esos lugares estables merecen atención. Si una comunidad quiere replicar la idea, puede empezar por escuchar a escuelas y organizaciones que ya trabajan allí, ofrecer un lugar seguro y preguntar a los niños qué desean hacer.
La medida de éxito no tendría que ser una fotografía de todos abrazados. Puede ser más discreta: que un niño vuelva la semana siguiente y encuentre a alguien con quien terminar el dibujo que dejó a medias.