Gastronomía

La feria del barrio y la cocina venezolana posible en Buenos Aires

Entre verduras de estación y nombres que cambian, las ferias porteñas ayudan a rehacer una cocina venezolana sin perseguir copias perfectas de cada ingrediente.

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ElVainero
17 de septiembre de 20263 min de lectura0 visitasAR

La lista dice ají dulce. El puesto ofrece morrón, verdeo, perejil y una conversación sobre qué se va a cocinar. En Buenos Aires, armar una comida venezolana suele empezar así: con una traducción incompleta frente a cajones de verduras. El objetivo no siempre es reproducir la receta de la abuela al milímetro. A veces es encontrar una versión que pueda volver a hacerse el próximo jueves, con el dinero y los ingredientes de ese jueves.

La feria tiene otro ritmo

Las Ferias Itinerantes de Abastecimiento Barrial de la Ciudad publican sus ubicaciones y horarios en un mapa oficial. La oferta incluye frutas, verduras y otros productos frescos, según la feria. Como rotan por comunas, conviene mirar el cronograma antes de salir; un puesto que estuvo ayer puede no estar hoy. Ese movimiento obliga a prestar atención al barrio, algo que no sucede del mismo modo al comprar siempre en la misma cadena.

Para una familia venezolana, la primera compra puede parecer un ejercicio de equivalencias. La lechosa se busca como papaya; el cambur aparece bajo otro nombre. Pero la sustitución útil no es solo lingüística. También importa la temporada. Un tomate firme para salsa, una calabaza que rinde en sopa o un manojo de hierbas cambian de precio y sabor a lo largo del año. Preguntar qué llegó fresco esa mañana suele dar mejor resultado que buscar obstinadamente un ingrediente fuera de época.

Cocinar memoria sin quedar preso de ella

Hay platos que aceptan cambios y otros que se resisten: una arepa tolera muchos rellenos, pero la masa pide una harina específica, y esa diferencia aparece con claridad cuando el presupuesto obliga a elegir qué ingrediente conservar. Un guiso puede incorporar productos locales sin dejar de ser una comida de casa. Separar lo imprescindible de lo flexible evita dos frustraciones frecuentes: gastar de más por una imitación exacta o declarar que todo sabe mal porque nada coincide con Caracas, Maracaibo o Barquisimeto.

El encuentro con la cocina argentina no tiene que vivirse como un reemplazo. La acelga que abunda en la feria puede entrar en un relleno conocido; el zapallo puede encontrar sitio en una preparación que antes llevaba auyama. Hay ensayos que salen mal. Queda una olla que se come igual, y una nota mental para la próxima compra. La cocina migrante se construye más con esas pruebas que con menús solemnes del Día de la Independencia.

Una compra también es una conversación

Si el vendedor pregunta cómo se prepara algo, explicar una receta venezolana abre una charla concreta. Si el comprador pregunta por una verdura desconocida, aprende una parte de la ciudad que no aparece en un mapa turístico. Ninguno de los dos tiene que representar a su país entero. Es una relación de vecindad: se reconocen, se acuerdan de un precio aproximado, alguien avisa que la fruta está mejor en el puesto de enfrente.

La Ciudad describe estas ferias como puntos de abastecimiento con productos frescos y precios concertados en parte de su oferta. Eso no significa que todo sea siempre más barato; comparar sigue siendo trabajo del comprador. Llevar una lista breve y dejar espacio para una alternativa de estación suele ser más útil que entrar con una receta rígida.

Al volver, habrá bolsas, quizá una verdura que nadie sabe cortar y el olor de algo que se cocina en otra cocina, en otro país. Si la comida recuerda a Venezuela aunque no sea idéntica, la feria cumplió una función que ninguna etiqueta puede medir.

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ElVainero · Directorio venezolano

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