En casa se dice ‘chamo’. En el colegio, otra palabra. Una niña puede saber de memoria cómo se arma una hallaca y no haber pasado nunca una Navidad en Venezuela. Otro adolescente conserva el acento de sus padres, pero le molesta que le pregunten de dónde es ‘en realidad’. La identidad de los hijos de la migración se construye en esos detalles, no en una prueba de venezolanidad.
La escuela puede ser refugio o frontera
UNICEF ha documentado barreras educativas para niñas y niños migrantes venezolanos, desde documentación hasta adaptación escolar. En Colombia, su estudio de caso examina obstáculos escolares y comunitarios y las respuestas que buscaron facilitar la integración. Son desafíos concretos, pero no describen por igual a todos los estudiantes. Fuente: UNICEF Colombia, educación de la niñez migrante.
También hay experiencias donde el aula abre puertas. UNICEF relató el ingreso de niños venezolanos al sistema escolar público de Trinidad y Tobago en 2024, junto con apoyo para el idioma y la documentación. Vale mirar ambos lados: no reducir a los chicos a víctimas, ni suponer que basta con matricularlos para que todo quede resuelto. Fuente: UNICEF, integración escolar en Trinidad y Tobago.
Una herencia que se puede elegir
Transmitir cultura no exige repetir la misma fiesta cada año ni corregir cada palabra que cambia. A veces alcanza con explicar por qué una canción hace llorar al abuelo, enseñar a preparar una salsa o contar cómo era la calle donde vivía la familia. Los chicos hacen preguntas inesperadas. ‘¿Por qué se fueron?’ puede llegar mientras se lava un plato; merece una respuesta ajustada a su edad, honesta y sin convertirlos en depositarios de todas las pérdidas adultas.
El idioma también merece menos ansiedad. Un niño que mezcla expresiones de dos países está haciendo algo complejo y útil. Si deja de usar una palabra venezolana, se puede volver a ofrecer en una conversación natural. La corrección permanente, en cambio, puede convertir la lengua familiar en examen. Quien quiera sostenerla tiene recursos sencillos: cuentos, llamadas con parientes, música, juegos, chistes que no funcionan igual traducidos.
La pertenencia no se decide por mayoría de votos
Hay jóvenes que se sienten venezolanos y argentinos, venezolanos y españoles, o simplemente vecinos de la ciudad donde crecieron. La familia puede acompañar sin dictar una respuesta. Preguntar ‘¿qué te gusta de aquí?’ no traiciona el lugar de origen. Permite conocer la vida real del hijo, incluida la que ocurre fuera de casa.
Para los adultos, duele que una referencia querida no produzca entusiasmo. Ese dolor es legítimo, pero no debería convertirse en deuda para los niños. Ellos no vivieron la Venezuela que sus padres recuerdan; reciben relatos, objetos y afectos, y con eso arman otra versión.
Tal vez el día de mañana expliquen una tradición venezolana a un compañero. Tal vez prefieran hacer otra cosa. Las dos posibilidades caben en una familia que sabe de dónde viene y deja espacio para descubrir adónde va.