En la puerta de una escuela de Lima Norte, el problema no se presenta como «integración». Se presenta como una vacante, un cuaderno que falta o un niño que vuelve callado porque alguien se burló de su forma de hablar. Para las familias venezolanas, conseguir matrícula es una primera victoria. La siguiente tarea consiste en hacer que el aula sea un lugar donde sus hijos puedan aprender y tener amigos sin que cada error sea atribuido a su origen.
Un aula con dos desafíos
UNICEF informó que una iniciativa desarrollada con apoyo del Gobierno de Canadá trabajó en escuelas de Lima Norte, capacitó docentes y reunió a adolescentes peruanos y venezolanos en talleres de integración y prevención de la discriminación. El balance de UNICEF Perú describe esa experiencia. Fue una intervención situada en un periodo concreto; no debe leerse como garantía de que todas las escuelas estén preparadas. Sí deja una lección: el trato entre compañeros merece tanta atención como los contenidos escolares.
La dificultad académica no siempre empieza en Perú. Un estudiante pudo interrumpir clases durante el viaje, pasar por varias ciudades o cambiar de sistema educativo más de una vez. Al llegar, necesita que alguien observe qué sabe y qué le falta, sin etiquetarlo de incapaz. A veces bastan apoyos temporales en lectura o matemáticas. Otras veces hace falta coordinar con la familia y la escuela durante meses. El diagnóstico requiere tiempo; la burla, desgraciadamente, solo un segundo.
El recreo también forma parte del aprendizaje
Cuando un niño es «el venezolano» para todos, pierde su nombre. Los trabajos en grupo, los juegos y las actividades artísticas pueden abrir relaciones más personales si los adultos prestan atención a quién queda siempre afuera. No se trata de obligar a ser amigos a quienes no se conocen. Se trata de impedir que la nacionalidad sea una barrera automática para sentarse juntos o formar un equipo.
Las madres y padres peruanos también tienen inquietudes sobre cupos, recursos y calidad de la escuela. Ignorarlas en nombre de la convivencia alimenta rumores. Una comunidad educativa puede hablar de problemas reales sin señalar a los estudiantes migrantes como culpables. Información clara sobre matrícula, apoyos y necesidades del plantel beneficia a todas las familias. Las soluciones que dependen de enfrentar a un grupo de padres con otro duran poco.
Preguntar al estudiante
Los adultos suelen celebrar que un niño «se adaptó» cuando dejó de quejarse. El silencio puede significar otra cosa. Una pregunta privada y concreta —¿con quién almorzaste hoy?, ¿qué materia te cuesta?, ¿alguien te molestó?— ofrece más información que pedirle que explique cómo se siente «en Perú». También sirve escuchar lo que le gusta de su nueva ciudad. Hay niños que extrañan Venezuela y disfrutan Lima a la vez; no hay contradicción que corregir.
La escena que vale cuidar es sencilla: un estudiante que puede equivocarse en una respuesta sin que su acento entre al debate. Para llegar allí hacen falta docentes acompañados, familias informadas y compañeros con oportunidades reales de conocerse. Ninguna ceremonia reemplaza eso.