Comunidad

Hablar de xenofobia en Perú sin pedir a los venezolanos que la soporten

La convivencia exige responder a estereotipos concretos y escuchar a quienes reciben comentarios discriminatorios.

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ElVainero
10 de septiembre de 20263 min de lectura0 visitasPE

Una frase sobre «los venezolanos» puede entrar en una conversación de trabajo, en la fila del transporte o en el chat de padres de una escuela. A veces se presenta como chiste; otras, como explicación fácil de un problema real. Quien la recibe tiene que decidir en segundos si responde, se va o calla para conservar la calma. Ese cálculo cotidiano también es un costo de vivir lejos de casa.

Los estereotipos ahorran pensamiento y hacen daño

UNICEF Perú impulsó la campaña #SoyComoTú para promover trato respetuoso hacia niñas, niños y familias migrantes venezolanas, además de atender necesidades de las comunidades de acogida. La descripción de la campaña por UNICEF habla explícitamente de estigmas, xenofobia y discriminación. No se trata de afirmar que toda persona peruana rechace a los venezolanos. Sería otro estereotipo. Se trata de reconocer que el prejuicio existe y que suele apoyarse en historias generalizadas sobre empleo, seguridad o acceso a servicios.

Los problemas de una ciudad merecen datos y políticas, no un culpable colectivo. Si faltan vacantes escolares, la pregunta útil es cuántas hay, dónde faltan y cómo aumentarlas. Si un barrio teme por su seguridad, hay que discutir hechos comprobables y respuestas institucionales. Atribuir la conducta de una persona a millones de otras por compartir pasaporte impide resolver el asunto y pone en riesgo a vecinos que nada tienen que ver.

Qué puede hacer quien presencia una escena

No siempre hace falta un discurso. Si un compañero de trabajo recibe una broma ofensiva, otra persona puede decir «eso estuvo fuera de lugar», cambiar la conversación hacia el hecho concreto o preguntar después si necesita apoyo. En una escuela, documentar lo ocurrido y comunicarlo a la institución suele servir más que iniciar una pelea entre familias. La carga de explicar por qué una frase lastima no debería recaer siempre en quien la soportó.

La persona afectada conserva el derecho a elegir su respuesta. Hay días para discutir y días para salir de allí. Nadie debería exigirle una clase pública de paciencia, gratitud o pedagogía. Si la situación compromete seguridad o derechos, conviene buscar apoyo en organismos competentes y organizaciones confiables; los canales disponibles cambian, de modo que deben consultarse en fuentes oficiales locales.

Convivir no exige parecerse

Hay diferencias de acento, comida, música y humor entre peruanos y venezolanos. No hace falta disolverlas para llevarse bien. De hecho, la idea de que los migrantes serán aceptados cuando dejen de llamar la atención coloca una condición imposible y triste. Una convivencia adulta permite desacuerdos y curiosidad sin convertir cada roce en un juicio sobre una nacionalidad entera.

La prueba más concreta quizá aparezca en un chat: alguien escribe una generalización y otra persona pide hablar del problema con nombres, hechos y contexto. Puede parecer poco. Esa interrupción evita que el prejuicio avance como si fuera sentido común.

Una respuesta concreta puede abrir otra: pedir que se retire un mensaje ofensivo, registrar un hecho cuando ocurre en la escuela y dejar claro que el respeto vale para cada estudiante. La confianza se trabaja en esos detalles.

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#perú#xenofobia#venezolanos#convivencia#discriminación
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