Cultura

El primer Dieciocho en Chile para una familia venezolana

Fondas, cueca y una historia que se aprende al participar: las Fiestas Patrias chilenas vistas por quien llegó de Venezuela y todavía está armando su propio calendario.

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ElVainero
14 de septiembre de 20263 min de lectura0 visitasCL

Una semana antes, alguien pregunta dónde van a pasar el Dieciocho. El venezolano recién llegado entiende la fecha, pero no necesariamente su peso en la conversación. En Chile, septiembre trae celebraciones familiares y públicas que ocupan la mesa, las calles y las escuelas. La primera vez puede resultar alegre, extraña o ambas cosas. Conviene permitirse esa mezcla en lugar de ensayar entusiasmo obligatorio.

Fonda, ramada y una historia más larga

La Biblioteca Nacional de Chile, a través de Memoria Chilena, explica cómo las ramadas se incorporaron a las festividades cívicas y cómo fondas y celebraciones populares llegaron a formar parte del programa de Fiestas Patrias. No son una escenografía inventada para turistas. Son espacios de sociabilidad con historia, cambios y discusiones propias. Saberlo modifica la visita: uno presta atención a quién cocina, quién toca, quién organiza y quién encuentra ahí a sus vecinos.

No todas las celebraciones son iguales. Una fonda grande puede parecer una feria con ruido y largas filas; una actividad de barrio quizá permita conversar. Una familia con niños puede preferir juegos durante el día. Una persona que trabaja en esos feriados los vivirá desde otro lado del mostrador. La fiesta nacional no se experimenta de una sola forma, ni siquiera entre chilenos que han vivido aquí toda la vida.

Escuchar la cueca sin fingir que se sabe bailar

La Biblioteca Nacional también describe la cueca como una tradición cambiante, con expresiones regionales y funciones que van del entretenimiento a la transmisión oral. Para alguien criado con joropo, salsa o gaita, puede ser tentador comparar ritmos a los pocos segundos. Mejor mirar cómo se baila aquí: la distancia entre quienes participan, el pañuelo, las palmas del público. No hay examen de destreza para disfrutarlo.

Si un compañero de trabajo invita a bailar, se puede aceptar una clase o decir que prefiere observar. Lo importante es no tratar la práctica como una curiosidad exótica a la que se le dedica un minuto antes de volver al teléfono. La música popular merece la misma atención que uno espera cuando cuenta qué significa una gaita decembrina o una parranda venezolana.

Dos calendarios caben en una casa

Las familias venezolanas ya tienen fechas que pesan: el 5 de julio, una Navidad que suena distinto, el cumpleaños de alguien que sigue al otro lado del continente. Incorporar el Dieciocho no borra ninguna. Se puede preparar comida chilena, llamar a la familia en Venezuela y explicarles dónde están los niños esa tarde. Un calendario migrante es así de desordenado. Las fechas nuevas entran junto a las viejas; a veces compiten por tiempo, casi nunca por afecto.

Una buena primera experiencia consiste en ir con alguien que conozca la actividad y preguntar lo que haga falta. Consultar la programación vigente evita desplazamientos inútiles, porque los eventos y horarios cambian cada año. Llevar un presupuesto también ayuda: comida, transporte y juegos pueden sumar más de lo previsto. La fiesta se disfruta mejor cuando no termina en una sorpresa desagradable al mirar la cuenta.

Quizá el primer Dieciocho acabe sin saber bailar una cueca completa. Pero habrá una palabra nueva para contarle a los abuelos, una foto que no requiere explicación perfecta y la sensación de haber estado en una celebración que ya forma parte de la calle donde se vive. El próximo año será otra cosa.

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